22 de noviembre de 2013

El hombre subterráneo de Mick Jackson.

Quizás el título “El hombre subterráneo” sugiere la idea de un ser de hábitos nocturnos o de un individuo que pasa la mayor parte del tiempo recluido bajo tierra. The Underground Man alude, además, a la existencia de un hombre diferente, reincidente en la introspección, hábito que inexorablemente lo aleja del común de la gente. El adjetivo subterráneo poco dice de la busca del protagonista: el duque de Portland, quien inmerso en una apacible rutina en su finca de Welbeck Abbey en el norte de Nottinghamshire, comienza a percibir el llamado de un mundo que se encuentra del otro lado y que late a escaso metros de sus pies.

Desconozco el verdadero fin de los túneles que el auténtico duque de Portland hizo construir a a fines del siglo XIX bajo su propiedad. Me interesa, si, el sentido que toman en el relato de Jackson, donde además de ser conductos que comunican la mansión con otros extremos de la propiedad, le permitirán entrar y salir sin ser visto. Los túneles son, de alguna manera, su sistema de escape y su alternativa para evitar explicaciones, tendiendo en cuenta que, el alejarse de las costumbres de los hombres dispara alarmas en los integrantes de la sociedad y los pone en alerta contra la fuga de uno de sus integrantes.

Mick Jackson hace incapié en la búsqueda bibliográfica del señor duque, sin embargo, nos deja ver que su hombre está destinado a oír tan sólo sus propias elucubraciones. Salir del túnel es su objetivo. Nos dice en una de las jornadas de su diario:

-¿Qué es el estado mental al que denominamos “conciencia” sino el constante emerger de un túnel?

En uno de sus periplos bajo tierra, advierte:

Me sentí como si hubiera llegado a estar a dos centímetros del hombre primitivo. Pasé una fracción de segundo en su cráneo.

Esta búsqueda del carácter primigenio del hombre, que siente subyacer bajo la fachada de la civilización, resulta ser su obsesión y la fijación con dicho tema parece incluso ocupar un espacio físico en su propio cuerpo:

(…) han estado retirándose en el interior de mi cráneo.

Sus indagaciones, poco a poco lo van alejando del mundo ordinario, solo ante la naturaleza, comenzará a percibir y experimentar una serie de revelaciones bajo la forma de percepciones sensoriales. En un principio las encuentra a plena luz del día en los ciclos de un manzano, más tarde las hallará en las primeras horas de la noche, apenas concluido el ocaso o en las horas que anteceden al alba.

Visitando el cementerio de Greyfriars de Edimburgo y oyendo a sus espaldas una música de iglesia, nos dice:

El cementerio se hallaba a oscuras (…) pero mi mente se estaba llenando de luz.

Sentado en la bañera, poco después, reflexiona:

-No somos, como yo temía, una simple cámara oscura, un simple espectador de la luz del mundo. No. Somos al mismo tiempo la cámara oscura y el faro. Recibimos luz y la enviamos fuera.

Sus exploraciones son cada vez más excéntricas pues parece al borde de alcanzar el verdadero hallazgo sobre si mismo. Se trepana la cabeza con un filoso aparato para sostener en el extremo de su mano un pedazo de su propio cráneo, del tamaño de una pequeña moneda, y ver la tapa de sus sesos, probando a su vez, a través del orifico en su cabeza, la ventilación de sus ideas. Este episodio tan brutal, parece marcar el final de la búsqueda, de quien ha entrevisto el otro lado y ha decidido vivir al margen de la humanidad. Su experiencia marca un precedente, pero tal alejamiento del común, despierta el horror de sus semejantes, que incapaces de evitarlo y sin siquiera poder recorrer el camino de sus reflexiones, sólo atinan a desear su expulsión del grupo común. Ya no teme la muerte pero fuera del grupo, sin saberlo, ha sido entregado a la muerte.