XXIV
Feliz el hombre, al
eterno destino encausado,
aquel que cual viajero, al despunte, ha madrugado,
que despierta con espíritu
pleno de ensueño;
y al alba se dispone a la lectura y al ruego.
Sumido en lecturas, ve nacer el día lento,
y se abre dentro de su alma como un firmamento.
Él aprecia ostensible el
pálido resplandor
de las cosas de su
estancia y dentro suyo el fulgor.
Se cree en casa solo, todos están reposando;
mas cuando, con su dedo su boca va cerrando,
tras de sí, mientras el extasis colma su interno,
graciosos querubines espían su cuaderno.
((c) Traducción Lino Elías Sapiainen)