Quizás el título “El hombre
subterráneo” sugiere la idea de un
ser de hábitos nocturnos o de un individuo que pasa la mayor parte
del tiempo recluido bajo tierra. The Underground Man alude, además, a
la existencia de un hombre diferente, reincidente en la
introspección, hábito que inexorablemente lo aleja del común de la
gente. El adjetivo subterráneo poco dice de la busca del protagonista: el
duque de Portland, quien inmerso en una apacible rutina en su finca
de Welbeck Abbey en el norte de Nottinghamshire, comienza a percibir
el llamado de un mundo que se encuentra del otro lado y que late a
escaso metros de sus pies.
Desconozco el verdadero fin de
los túneles que el auténtico duque de Portland hizo construir a a fines del siglo XIX bajo
su propiedad. Me interesa, si, el sentido que toman en el relato de
Jackson, donde además de ser conductos que comunican la mansión con
otros extremos de la propiedad, le permitirán entrar y salir sin
ser visto. Los túneles son, de alguna manera, su sistema de escape y
su alternativa para evitar explicaciones, tendiendo en cuenta que, el
alejarse de las costumbres de los hombres dispara alarmas en los
integrantes de la sociedad y los pone en alerta contra la fuga de uno
de sus integrantes.
Mick Jackson hace incapié en la
búsqueda bibliográfica del señor duque, sin embargo, nos deja ver
que su hombre está destinado a oír tan sólo sus propias
elucubraciones. Salir del túnel es su objetivo. Nos dice en una de
las jornadas de su diario:
-¿Qué es el estado mental al
que denominamos “conciencia” sino el constante emerger de un
túnel?
En uno de sus periplos bajo
tierra, advierte:
Me sentí como si hubiera
llegado a estar a dos centímetros del hombre primitivo. Pasé una
fracción de segundo en su cráneo.
Esta búsqueda del carácter
primigenio del hombre, que siente subyacer bajo la fachada de la
civilización, resulta ser su obsesión y la fijación con dicho tema
parece incluso ocupar un espacio físico en su propio cuerpo:
(…) han estado retirándose
en el interior de mi cráneo.
Sus indagaciones, poco a
poco lo van alejando del mundo ordinario, solo ante la naturaleza, comenzará a
percibir y experimentar una serie de revelaciones bajo la forma de
percepciones sensoriales. En un principio las encuentra a plena luz
del día en los ciclos de un manzano, más tarde las hallará en las
primeras horas de la noche, apenas concluido el ocaso o en las horas
que anteceden al alba.
Visitando el cementerio de
Greyfriars de Edimburgo y oyendo a sus espaldas una música de
iglesia, nos dice:
El cementerio se hallaba a
oscuras (…) pero mi mente se estaba llenando de luz.
Sentado en la bañera, poco
después, reflexiona:
-No somos, como yo temía, una
simple cámara oscura, un simple espectador de la luz del mundo. No.
Somos al mismo tiempo la cámara oscura y el faro. Recibimos luz y la
enviamos fuera.
Sus exploraciones son cada vez
más excéntricas pues parece al borde de alcanzar el verdadero
hallazgo sobre si mismo. Se trepana la cabeza con un filoso aparato para sostener en el extremo de su mano un pedazo de su
propio cráneo, del tamaño de una pequeña moneda, y ver la tapa de
sus sesos, probando a su vez, a través del orifico en su
cabeza, la ventilación de sus ideas. Este episodio tan brutal, parece
marcar el final de la búsqueda, de quien ha entrevisto el otro lado
y ha decidido vivir al margen de la humanidad. Su experiencia marca
un precedente, pero tal alejamiento del común, despierta el horror
de sus semejantes, que incapaces de evitarlo y sin siquiera poder
recorrer el camino de sus reflexiones, sólo atinan a desear su
expulsión del grupo común. Ya no teme la muerte pero fuera del
grupo, sin saberlo, ha sido entregado a la muerte.

