17 de octubre de 2008

De Libro (2002)

No se ambiciona siempre la comunicación inmediata. Escribir es diálogo con un lector sin rostro y sin nombre, preexistente en el tiempo. Aludir a símbolos es aludir a quien pueda descifrarlos. Aún cuando se tenga la sensación de estar redactando para las estrellas del cielo.

Elaborar texto en el lenguaje de los hombres quiere comunicar, pero además, a través del conciso número de símbolos dispuestos sobre el papel, tras la solitaria invocación para encontrar aquellas palabras, quiere perdurar como artefacto, titilando, de forma aislada e independiente a su creador.

La obra escrita trasciende a su autor, yendo más allá de su existencia. Si un lector futuro descifra el texto con su lectura, una intrigante comunicación se producirá al fin, contemporánea o puede que mucho después, pero aquel encuentro recreará una armonía esperada.

El texto, una vez concluido queda cerrado y hecho a un lado. Su autor lo abandona y es como sí contaminara el futuro, porque la posibilidad de que alguien se tope con aquellos símbolos en el porvenir, existe.

(c) Lino Elías Sapiainen

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