Del libro "The Tower" (1928)
(...)
Dejo mi orgullo y mi plegaria
a aquellos jovenes ergidos
que trepan la cara de la montaña
al despuntar de la mañana
para lanzar su anzuelo.
Usé también ese mismo metal
hasta que fue quebrado
por este oficio sedentario.
Ahora debo ocuparme de mi alma,
imponerle el estudio
en una secular escuela,
hasta que se derrumbe el cuerpo
en el declive lerdo de la sangre,
en el delirio exasperante
y en la decrepitud inepta.
O lo peor que pueda venir
(la muerte de amigos, o el hundirse
de cada resplandeciente mirada
que nuestro aliento arrebataba).
Asemejan nubes del cielo
cuando se desvanece el horizonte;
o el grito soñoliento de un pájaro
entre sombras que aumentan.
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